Malos hábitos (Cap. I)

Me gustaba mirarte a escondidas. No te dabas cuenta, pero siempre estaba allí. Al principio me disfrazaba para que no me reconocieses. No eran disfraces muy elaborados, pero cumplían bien su cometido. Una gorra. Unas gafas de sol. Unas gafas de ver. Tal vez un mono de pintor. Cada día ideaba un nuevo disfraz para ti, para que no te dieses cuenta de que el hombre que te cruzabas todos los días junto a la plaza era el mismo.

Con el tiempo me di cuenta de que el disfraz era innecesario. Paseabas tan distraída que apenas te fijabas en los que te rodeaban. Para ti eran más importantes los colores de la luz en los rincones de la ciudad, o el olor de los diferentes cafés al pasar por sus puertas. Algún día te parabas, durante minutos, a observar algún pajarillo en el parque grande.

Durante casi tres años te observé todos los días. Llegué a aprenderme tus rutinas de memoria. En primavera te gustaba pasear sin rumbo, siempre por las grandes avenidas y los parques llenos de flores. En otoño jugabas con los charcos. Y en invierno, envuelta en tus chaquetas marrones, con tu bufanda, tu gorro y tus mejillas sonrojadas, jugabas a ser un dragón que lanza vapor por sus narices.

Pero todo cambió un día. No recuerdo bien cuando fue; posiblemente fuese en primavera, porque recuerdo que llevabas un vestido de gasa amarillo. Yo te esperaba, como muchos días, tomando un café amargo sin azúcar ni leche en una terraza. A lo lejos te vi cruzar la esquina, algo más pronto de lo normal. Algo más sonriente de lo normal. Algo más acompañada de lo normal. Ibas de la mano de un chico. Era más o menos de tu misma edad; tal vez algo mayor. Te contaba algo casi al oído y tu reías con cada frase. Nunca te había visto tan feliz. Os seguí hasta el parque y allí me di la vuelta. No sabría decir si fue por dejaros intimidad o por alguna especie de celo que se agitaba en mi corazón.

El tiempo pasó y tu relación con Lluis (aprendí su nombre un día que discutíais medio en broma medio en serio por la avenida de los cerezos) avanzaba. Cada vez os veíais más y sonreíais menos. Yo cada vez me acercaba menos a verte. No quería saber qué era lo que sentía y esa era la mejor forma de evitar pensar en ello. Pero no había semana que no te esperase dos o tres veces en la esquina.

De repente un día dejaste de pasar. Y otro. Y otro más. Así hasta hacer dos semanas. Los primeros días no le di importancia pero, cuando a los 15 días exactos me crucé con un lluis muy diferente por la calle no pude evitar asustarme. Iba sin afeitar, con la ropa evidentemente sucia y la mirada extraviada. Las ojeras delataban que no había dormido mucho. Y el gesto nervioso con que miraba a ambos lados de la calle delataba su temor.

Le seguí hasta su casa y esperé junto a la puerta. Tardó poco en bajar. Llevaba un bulto grande, como una alfombra, envuelto en una funda de plástico. Lo echó en el maletero del coche y se fue sin que pudiese seguirlo.

Pasaron los días y los meses y nunca más te vi. Me crucé con el varias veces. Poco a poco recuperó la apariencia de chico serio y sin ojeras. Hace unos meses que sale con otra chica. Pasan  todos los días cerca del café donde me siento. Ella llevaba ayer un traje como el tuyo, amarillo y fino. Hoy no han pasado por aquí.

Un pequeño homenaje a Delicatessen

– No es esto por lo que quiero que me recuerden – murmuró mientras encendía el cigarro – pero de alguna forma hay que ganarse la vida.

El estallido de luz duró unos segundos. Luego sólo vino la oscuridad. Otra vez la oscuridad. El pobre Matías pensó que el brillo del mechero al encender la llama era el del disparo mortal que habría de acabar con su vida. Pero no. Era sólo un golpe de efecto del Carnicero, que ahora fumaba y jugaba  a hacer formas con el rojo del cigarro.

– No creas que es algo personal. Sólo es trabajo. Bueno, he de confesar que esta vez sí tiene un poco de personal. Nunca aguanté tu manía que quedarte callado siempre.  Pero no es por eso por lo que te elegido. ¿Quieres saber por qué?

– …

– Prefieres seguir callado – rió el Carnicero – te lo contaré de todas formas. Es por economía. Simple y llana economía. Los vecinos que tienen un trabajo pueden pagar por la carne; los que no, no pueden. Es sencillo. Realmente es hasta rentable para ellos; es como una oferta. Compran carne para vivir y al mismo tiempo compran un poco más de vida.

Al Carnicero le gustaba filosofar mientras trabajaba, y alardear de lo que había aprendido en su corta estancia en la universidad. Se creía más listo que cualquiera de los vecinos del edificio, y disfrutaba demostrándoselo a los pobres diablos que se quedaban sin dinero para seguir pagando.

– La verdad, estás un poco flaco de más ¿Hace mucho que no comes?

– …

– Ya, claro, que se puede esperar de un músico en estos tiempos. Con la guerra y tantas miserias nadie tiene tiempo de escuchar cancioncitas alegres. Es más importante sobrevivir. Es lo único que importa. Y para eso hacen falta oficios de verdad, como el de cartero, o el de carpintero, o incluso como el de carnicero. Pero ¿músico? ¡Venga ya!

– … – Matías quería responder, defender la necesidad de la música, sobretodo en tiempos como estos. Quería callar al animal que tenía enfrente y decirle que se pudriese en el infierno. Él y todos los carniceros. O al menos todos los que, hace ya tantos años, cambiaron los cerdos y las vacas por personas. Quería decirle que en otro tiempo, cuando aún había gobierno, sería el el que estaría atado esperando a que acabasen con el. Pero no podía decir nada. Tenía la garganta completamente bloqueada.

– ¿sabes qué? Creo que contigo no hará falta usar la escopeta. Sería desperdiciar un cartucho. Y cada vez es más difícil conseguirlos. Maldita guerra, desde que empezó escasea todo. El ejercito, esté donde esté, necesita hasta la chatarra más inútil. Como cuando vinieron a llevarse los pararrayos del tejado. ¿para qué narices necesitan los militares un pararrayos? Supongo que para fundir el hierro para fabricar más armas, o más tanques, o Dios sabe qué. ¿tu qué crees?

– … – Ahora sí que podría hacerle quedar como un idiota. Sólo bastaría decirle que esos no eran del ejercito, que eran unos desarrapados, seguramente desertores, que buscaban chatarra para venderla dios sabe donde. Y que además de los pararrayos se llevaron gran parte de las tuberías del edificio. Pero ¿para qué malgastar sus últimas palabras en discutir con un animal?

– Ya, claro, es mejor no contestar. Total, un tonto de remate como tu que va a saber de la guerra. Pero bueno, lo que te decía. Creo que contigo me ahorraré la escopeta. La uso para evitar que chillen, ¿sabes? Es muy molesto para el vecindario tener que aguantar los gritos por la noche. Yo, sobretodo, soy respetuoso con mis vecinos. A fin de cuenta, son ellos los que me permiten vivir así de bien cuando vienen a comprar la carne. Porque ellos vienen a comprar, no como tu, parásito. A saber de qué te alimentabas. Seguro que robabas a escondidas las sobras de los demás.

– … –

– Contigo utilizaré el cuchillo directamente. Tranquilo, no te dolerá. Al menos no demasiado. Un golpe rápido y fuerte, justo aquí – mientras decía esto se había levantado y acercado a Matías. Ahora justo le estaba tocando el cogote con el dedo grasiento. Aquí. Un golpe. Y se acabó. Apenas te enterarás. Y luego unos cortes aquí y aquí, para que la sangre salga rápido. Y después a deshuesar y filetear. El trabajo de toda la vida, vaya. No te creas que eres especial o algo así. Contigo será como con los demás. Rápido, aséptico y preciso.  Deberíamos empezar ya. Espérame un segundo, que voy a por el cuchillo de matar cerdos.

 

Seguramente no pasaron ni dos minutos, pero para Matías fue una eternidad. Escuchó como el carnicero rebuscaba en los cajones de la habitación de al lado hasta dar con el cuchillo, como lo afilaba tranquilamente. Le olló maldecir al cortarse y, por fin abrió la puerta. No la cerró del todo, así que entraba un pequeño hilo de luz anaranjada por la rendija. Lo suficiente como para distinguir la silueta del Carnicero y ver como levantaba el brazo. Y se acabó. Rápido, aséptico y preciso. Al menos, el cuarto golpe, que fue el que acertó a partir el cráneo de Matías. Los otros tres mejor no saber en que partes de su cuerpo fueron a caer ni la sangría que ocasionaron.

 

Matías habló poco en vida, pero gritó mucho al morir. Tanto que despertó a todo el edificio. Sus últimas palabras, que tanto esperó a decir y tanto pensó, acabaron siendo “Hijo de puta, mátame de una vez”. El carnicero desubrio que, aunque veía bastante bien a oscuras, necesitaba gafas para trabajar. Y al día siguiente hubo de nuevo solomillo para comer.

Volver, pero sin antes irte

Sentir, de repente y sin aviso, una necesidad de expresar, de contar, de gritar. En el pecho, oprimiendo con fuerza, una estructura expresiva. Saber que lo necesitas y que, además, lo quieres. Y sin embargo no poder hacerlo. No saber qué decir ni cómo decirlo.

Pasa un día, dos, tres, doscientos veintipico días. Notar como madura y evoluciona. A veces es más intenso; otras un simple susurro en ese punto ciego que empieza justo donde termina tu campo de visión. Hay días, incluso, en los que parece no estar y casi lo olvidas. Va y viene, con tanta frecuencia, que ya has asumido que, por mucho que quiera salir, es imposible.

Entonces llegan los cambios. Uno detrás de otro. Rompes con más cosas de las que dices. Las cadenas de la rutina, el sopor del conformismo y la seguridad de la asunción son tres de ellas. Y por fin, es en ese momento, cuando lo comprendes. No es que no supieses cómo expresarlo. Es que, en realidad, no te importaba dejarlo encerrado dentro. Era una molestia que, sinceramente, te gustaba (igual que cuando tienes una llaga en la boca y no paras de tocarla, a pesar del dolor).  Era mucho más cómodo autocompadecerte y decirte que no había forma de sacar una palabra que ponerte de nuevo, junto al vaso de cristal y la pantalla del ordenador.

Llega la noche doscientos treinta, más o menos (nunca he sabido fijar las fechas y siempre hago cálculos por encima), y por fin ha vuelto la inspiración. Puedo decir que ha vuelto, pero debo confesar que nunca se fue. Lo que no estaba era la vitalidad, la energía, la rabia. Sólo quedaba el conformismo y la pereza. Y siguen estando, pero algo se ha agitado. Y ha vuelto. Débil, marchita, desentrenada y algo más gris de lo normal. Pero vuelve a estar. Y ya no duele en el pecho. Ahora se mueve de nuevo por la mano, por el ojo; recuerda lentamente, como el violinista amnésico al que ponen las manos sobre las cuerdas, los viejos trucos del comodín.

Nunca se fue, y sin embargo ha vuelto. Y todo gracias a una pregunta inocente. O tal vez no tan inocente.

Habrá que tratar de recordar más a menudo.

 

P.D: Hola. Otra vez.