He estado ausente algunos días, dejando abandonados estos pequeños capítulos que, una vvez compilados, definirán el bestiario. ¿El motivo? Decidí tomarme unas vacaciones en la tierra de los sueños. No más de los necesarios ni menos de los precisos.

La tierra de los sueños es ese lugar de nombre impronunciable en nuestra lengua (no por su construcción fonética, si no por el desconocimiento de su forma) que no puede señalarse en el mapa y cuya situación está prohibido explicar, salvo con las palabras Muy Al Sur. Aunque estas palabras pueden despistar, pues según el punto de referencia, tal vez no esté tan al sur. El motivo de estas extrañas normas no es otro que mantener alejados a los imprudentes que buscan la tierra de los sueños sin haber estado allí y que creen que tan exótico nombre no oculta más que un lugar donde todo es maravilloso y brillante, como en un sueño.

No es que sea un lugar horrible, pero la Tierra de Los Sueños, de Muy al Sur, no es tampoco un lugar idílico, y su nombre no le hace toda la justicia que debería. Me está permitido decir que se encuentra rodeada por agua en tres de sus lados y que cuenta, en su reducida superficie, con dos grandes montañas, una en el límite Norte (donde se encuentra el único faro capaz de guiar a las aves en sus migraciones para que no pierdan el rumbo) y otra al Este. He escuchado historias de que gran parte de la montaña del Este está hueca por dentro, llena de túneles y cámaras que se utilizaron para guardar cosas por mercaderes y piratas hace ya demasiado tiempo. Cuentan estas historias que la entrada a la red de túneles se encuentra en una extraña construcción, con forma de tortuga (tal vez por influencia de los piratas y de su veneración a estas) que hay casi en lo más alto, en un pequeño llano. Claro que también dicen que esta tortuga es un viejo polvorín que podría explotar al abrir la puerta, así que nadie se ha atrevido a explorarla por dentro (al menos en los últimos cien años).

Entre costa y montañas está la ciudad, con una mezcla de arquitecturas, estilos y ambientes que representa todo lo que ha existido, lo que existe y, seguramente, lo que pueda llegar a existir. Lo único que no hay son rascacielos, ya que es innecesario ningún edificio de más de 8 plantas. Si llegas por puerto, como yo hice, topas pronto con el barrio francés, que limita con una zona de aspecto medieval y con otra de casa encaladas en blanco. El contraste puede sonar muy brusco para la vista, sin embargo el cambio de arquitectura es suave y gradual y te lleva de un ambiente a otro. Durante mis vacaciones, residí en la zona contemporánea, en un edificio de 6 plantas con ascensor y vistas a una plaza de ladrillo. Por las mañana había buena luz en la casa y por las noches estaba lo suficientemente resguardada del viento como para no sufrir la humedad.

¡Ah, la humedad! El clima de la tierra de los Sueños es variable, pero la humedad es una constante. Dicen los meteorólogos que la han visitado que es del 87%, y que incluso ha llegado a tener picos del 98%. Esto hace más pegajosos los veranos y fríos los inviernos, pero también favorece el desarrollo de toda una serie de especies autóctonas, sin parentesco con ninguna otra familia animal del mundo. Sin este clima tan húmedo no habrían podido desarrollarse. Aparte de la humedad, el clima es dado a contrastes: inviernos frios y veranos húmedos, aunque esto no siempre fue así. En mi última visita se decía que la temperatura no tenía grandes variaciones del invierno al verano, y lo cierto es que  rara vez había superado los 27 ni bajado más de los 20 grados. Pero eso ha cambiado, igual que la configuración de las callas y la posición de los barrios (el francés no existía en mi última visita, y su espacio lo ocupaba una judería medieval). Las nubes del cielo cambian cada día, y el número de estrellas. La única constante es la humedad. La humedad y los habitantes.

Hay pocos residentes en la Tierra de los sueños. Se podrían contar con las Zarpas de una mamosa de cola plateada (Teniendo en cuenta que se trata de un tipo de ciempiés autóctono con más de 80 patas y tres zarpas en cada una, eso hace más de 240 almas). Algunos han muerto con el paso de los años (y eso que una vida aquí dura como varias de las nuestras ahí fuera) y pocos han nacido. A los que aún quedan de hace más de 2 generaciones les llaman los antiguos. Y se les respeta mucho, porque prácticamente vieron nacer al sueño. Ellos se limitan a refunfuñar y a recordar lo bien que se vivía antes. Los ancianos viven en viejas casas, de estilo colonial, diseminadas por las laderas de las dos montañas. Tal vez no sean las mejores casas ni las más grandes, pero son las que más me gustan, y tienen espacio para alojar a una familia o dos en cada una.

Todos los habitantes tienen sus empleos, como en cualquier lugar. Está el panadero, La bibliotecaria (que gran biblioteca la de esta tierra, que contiene cientos de libros que en ningún otro sitio podrían ser leídos y que, por desgracia, olvidas al cruzar sus fronteras), el policía (que tiene más trabajo del que se puede suponer), el notario (que da fe de todos los cambios que producimos los visitantes), el alcalde (que disfruta jugando con su bastón de mando como si fuese una espada, cuando está en su despacho con la puerta cerrada), el mendigo, el borracho, el anarquista, la monja, el rabino, el cowboy, el forajido, el pintor, el albañil, y todos los demás. Me considero amigo de algunos de ellos, y ellos también me consideran su amigo. Esto es un honor para mí. Junto a ellos he corrido muchas aventuras de niño y de no tan niño, y de la mano hemos hecho cambiar cosas por todos los lugares de la tierra de los Sueños.

Pensaba hablar de cómo en estas pequeñas vacaciones he sido hijo y hermano; he vuelto a ser tio por primera vez; ,he sido novio despechado y amante descarnado; me he cruzado con viejos enemigos (por quienes profeso un odio indescriptible, y soy correspondido) y con los mejores amigos (aquellos que siempre están ahí, llueva o nieve, truene o hiele, esperando que te acerques de nuevo y les preguntes ¿cómo vas?); He vuelto a beber en compañía de la amistad exaltada, helándome de frío pero reconfortado por la charla (sí, esa misma charla que llevamos desde hace 10 años y que repetiremos  hasta  que estemos todos muertos); he conspirado y planificado; he acatado compromisos que no se si cumpliré; …. Quería hablar de mis meditaciones y lo que he descubierto de mi mismo; de los nuevos colores que he aprendido a distinguir, de los sonidos que he escuchado y las palabras que he usado, del amor que he recibido… Tenía planeado escribir de los cambios que han obrado en la Tierra de Los Sueños desde mi llegada y hasta mi marcha; de cómo mi presencia ha dado forma a una nueva plaza y ha hecho crecer a dos niños que ya no lo son; de cómo mis anhelos han dado forma a la más bella muchacha del mundo y de cómo provocaba accidentes de tráfico, divorcios e infartos allá por donde pasaba; de cómo el mundo se ha recreado mañana tras mañana, con mi despertar, y yo con el (siendo rubio o moreno, barbudo o ralo, escéptico o crédulo, valiente o cobarde según el día y el guión que me tocase). Quería hablar, en definitiva, de mí. Sin embargo yo no soy nada sin lo que me rodea. Aunque lo que me rodee no sean más que mis sueños. Y de eso he acabado escribiendo. De los sueños en los que me he alojado estos días. Porque hablar de ellos es hablar de mí. Y también de ti.

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