Volver, pero sin antes irte

Sentir, de repente y sin aviso, una necesidad de expresar, de contar, de gritar. En el pecho, oprimiendo con fuerza, una estructura expresiva. Saber que lo necesitas y que, además, lo quieres. Y sin embargo no poder hacerlo. No saber qué decir ni cómo decirlo.

Pasa un día, dos, tres, doscientos veintipico días. Notar como madura y evoluciona. A veces es más intenso; otras un simple susurro en ese punto ciego que empieza justo donde termina tu campo de visión. Hay días, incluso, en los que parece no estar y casi lo olvidas. Va y viene, con tanta frecuencia, que ya has asumido que, por mucho que quiera salir, es imposible.

Entonces llegan los cambios. Uno detrás de otro. Rompes con más cosas de las que dices. Las cadenas de la rutina, el sopor del conformismo y la seguridad de la asunción son tres de ellas. Y por fin, es en ese momento, cuando lo comprendes. No es que no supieses cómo expresarlo. Es que, en realidad, no te importaba dejarlo encerrado dentro. Era una molestia que, sinceramente, te gustaba (igual que cuando tienes una llaga en la boca y no paras de tocarla, a pesar del dolor).  Era mucho más cómodo autocompadecerte y decirte que no había forma de sacar una palabra que ponerte de nuevo, junto al vaso de cristal y la pantalla del ordenador.

Llega la noche doscientos treinta, más o menos (nunca he sabido fijar las fechas y siempre hago cálculos por encima), y por fin ha vuelto la inspiración. Puedo decir que ha vuelto, pero debo confesar que nunca se fue. Lo que no estaba era la vitalidad, la energía, la rabia. Sólo quedaba el conformismo y la pereza. Y siguen estando, pero algo se ha agitado. Y ha vuelto. Débil, marchita, desentrenada y algo más gris de lo normal. Pero vuelve a estar. Y ya no duele en el pecho. Ahora se mueve de nuevo por la mano, por el ojo; recuerda lentamente, como el violinista amnésico al que ponen las manos sobre las cuerdas, los viejos trucos del comodín.

Nunca se fue, y sin embargo ha vuelto. Y todo gracias a una pregunta inocente. O tal vez no tan inocente.

Habrá que tratar de recordar más a menudo.

 

P.D: Hola. Otra vez.

5 de Noviembre

Remember, remember, the 5th of November
The Gunpowder Treason and plot;
I know of no reason why Gunpowder Treason
Should ever be forgot.
Guy Fawkes, Guy Fawkes,
‘Twas his intent.
To blow up the King and the Parliament.
Three score barrels of powder below.
Poor old England to overthrow.
By God’s providence he was catch’d,
With a dark lantern and burning match
Holloa boys, Holloa boys, let the bells ring
Holloa boys, Holloa boys, God save the King!
Hip hip Hoorah!

A propósito de mis vacaciones en la Tierra de los Sueños

He estado ausente algunos días, dejando abandonados estos pequeños capítulos que, una vvez compilados, definirán el bestiario. ¿El motivo? Decidí tomarme unas vacaciones en la tierra de los sueños. No más de los necesarios ni menos de los precisos.

La tierra de los sueños es ese lugar de nombre impronunciable en nuestra lengua (no por su construcción fonética, si no por el desconocimiento de su forma) que no puede señalarse en el mapa y cuya situación está prohibido explicar, salvo con las palabras Muy Al Sur. Aunque estas palabras pueden despistar, pues según el punto de referencia, tal vez no esté tan al sur. El motivo de estas extrañas normas no es otro que mantener alejados a los imprudentes que buscan la tierra de los sueños sin haber estado allí y que creen que tan exótico nombre no oculta más que un lugar donde todo es maravilloso y brillante, como en un sueño.

No es que sea un lugar horrible, pero la Tierra de Los Sueños, de Muy al Sur, no es tampoco un lugar idílico, y su nombre no le hace toda la justicia que debería. Me está permitido decir que se encuentra rodeada por agua en tres de sus lados y que cuenta, en su reducida superficie, con dos grandes montañas, una en el límite Norte (donde se encuentra el único faro capaz de guiar a las aves en sus migraciones para que no pierdan el rumbo) y otra al Este. He escuchado historias de que gran parte de la montaña del Este está hueca por dentro, llena de túneles y cámaras que se utilizaron para guardar cosas por mercaderes y piratas hace ya demasiado tiempo. Cuentan estas historias que la entrada a la red de túneles se encuentra en una extraña construcción, con forma de tortuga (tal vez por influencia de los piratas y de su veneración a estas) que hay casi en lo más alto, en un pequeño llano. Claro que también dicen que esta tortuga es un viejo polvorín que podría explotar al abrir la puerta, así que nadie se ha atrevido a explorarla por dentro (al menos en los últimos cien años).

Entre costa y montañas está la ciudad, con una mezcla de arquitecturas, estilos y ambientes que representa todo lo que ha existido, lo que existe y, seguramente, lo que pueda llegar a existir. Lo único que no hay son rascacielos, ya que es innecesario ningún edificio de más de 8 plantas. Si llegas por puerto, como yo hice, topas pronto con el barrio francés, que limita con una zona de aspecto medieval y con otra de casa encaladas en blanco. El contraste puede sonar muy brusco para la vista, sin embargo el cambio de arquitectura es suave y gradual y te lleva de un ambiente a otro. Durante mis vacaciones, residí en la zona contemporánea, en un edificio de 6 plantas con ascensor y vistas a una plaza de ladrillo. Por las mañana había buena luz en la casa y por las noches estaba lo suficientemente resguardada del viento como para no sufrir la humedad.

¡Ah, la humedad! El clima de la tierra de los Sueños es variable, pero la humedad es una constante. Dicen los meteorólogos que la han visitado que es del 87%, y que incluso ha llegado a tener picos del 98%. Esto hace más pegajosos los veranos y fríos los inviernos, pero también favorece el desarrollo de toda una serie de especies autóctonas, sin parentesco con ninguna otra familia animal del mundo. Sin este clima tan húmedo no habrían podido desarrollarse. Aparte de la humedad, el clima es dado a contrastes: inviernos frios y veranos húmedos, aunque esto no siempre fue así. En mi última visita se decía que la temperatura no tenía grandes variaciones del invierno al verano, y lo cierto es que  rara vez había superado los 27 ni bajado más de los 20 grados. Pero eso ha cambiado, igual que la configuración de las callas y la posición de los barrios (el francés no existía en mi última visita, y su espacio lo ocupaba una judería medieval). Las nubes del cielo cambian cada día, y el número de estrellas. La única constante es la humedad. La humedad y los habitantes.

Hay pocos residentes en la Tierra de los sueños. Se podrían contar con las Zarpas de una mamosa de cola plateada (Teniendo en cuenta que se trata de un tipo de ciempiés autóctono con más de 80 patas y tres zarpas en cada una, eso hace más de 240 almas). Algunos han muerto con el paso de los años (y eso que una vida aquí dura como varias de las nuestras ahí fuera) y pocos han nacido. A los que aún quedan de hace más de 2 generaciones les llaman los antiguos. Y se les respeta mucho, porque prácticamente vieron nacer al sueño. Ellos se limitan a refunfuñar y a recordar lo bien que se vivía antes. Los ancianos viven en viejas casas, de estilo colonial, diseminadas por las laderas de las dos montañas. Tal vez no sean las mejores casas ni las más grandes, pero son las que más me gustan, y tienen espacio para alojar a una familia o dos en cada una.

Todos los habitantes tienen sus empleos, como en cualquier lugar. Está el panadero, La bibliotecaria (que gran biblioteca la de esta tierra, que contiene cientos de libros que en ningún otro sitio podrían ser leídos y que, por desgracia, olvidas al cruzar sus fronteras), el policía (que tiene más trabajo del que se puede suponer), el notario (que da fe de todos los cambios que producimos los visitantes), el alcalde (que disfruta jugando con su bastón de mando como si fuese una espada, cuando está en su despacho con la puerta cerrada), el mendigo, el borracho, el anarquista, la monja, el rabino, el cowboy, el forajido, el pintor, el albañil, y todos los demás. Me considero amigo de algunos de ellos, y ellos también me consideran su amigo. Esto es un honor para mí. Junto a ellos he corrido muchas aventuras de niño y de no tan niño, y de la mano hemos hecho cambiar cosas por todos los lugares de la tierra de los Sueños.

Pensaba hablar de cómo en estas pequeñas vacaciones he sido hijo y hermano; he vuelto a ser tio por primera vez; ,he sido novio despechado y amante descarnado; me he cruzado con viejos enemigos (por quienes profeso un odio indescriptible, y soy correspondido) y con los mejores amigos (aquellos que siempre están ahí, llueva o nieve, truene o hiele, esperando que te acerques de nuevo y les preguntes ¿cómo vas?); He vuelto a beber en compañía de la amistad exaltada, helándome de frío pero reconfortado por la charla (sí, esa misma charla que llevamos desde hace 10 años y que repetiremos  hasta  que estemos todos muertos); he conspirado y planificado; he acatado compromisos que no se si cumpliré; …. Quería hablar de mis meditaciones y lo que he descubierto de mi mismo; de los nuevos colores que he aprendido a distinguir, de los sonidos que he escuchado y las palabras que he usado, del amor que he recibido… Tenía planeado escribir de los cambios que han obrado en la Tierra de Los Sueños desde mi llegada y hasta mi marcha; de cómo mi presencia ha dado forma a una nueva plaza y ha hecho crecer a dos niños que ya no lo son; de cómo mis anhelos han dado forma a la más bella muchacha del mundo y de cómo provocaba accidentes de tráfico, divorcios e infartos allá por donde pasaba; de cómo el mundo se ha recreado mañana tras mañana, con mi despertar, y yo con el (siendo rubio o moreno, barbudo o ralo, escéptico o crédulo, valiente o cobarde según el día y el guión que me tocase). Quería hablar, en definitiva, de mí. Sin embargo yo no soy nada sin lo que me rodea. Aunque lo que me rodee no sean más que mis sueños. Y de eso he acabado escribiendo. De los sueños en los que me he alojado estos días. Porque hablar de ellos es hablar de mí. Y también de ti.

Perfección narrativa

Brevedad y sencillez. Perfeción en la ejecución. Una historia completa. Alegría y tristeza. Y apenas 10 versos que luego sólo son 7.

(Original, anónimo)

Solomon Grundy,
Born on Monday,
Christened on Tuesday,
Married on Wednesday,
Took ill on Thursday,
Worse on Friday,
Died on Saturday,
Buried on Sunday:
And that was the end
Of Solomon Grundy

(Adaptado para DC Comics, Jeph Loeb)

Solomon Grundy, nacido un lunes.
Bautizado un frío y tormentoso martes…
casado un gris e inhóspito miércoles,
enfermo un tranquilo y apacible jueves.
¡Con peor pinta un soleado y ventoso viernes!
Muerto un alegre y glorioso sábado…
enterrado un hirviente y abrasadaro domingo

Palabras prestadas

Te escribo con palabras prestadas poque dices que de las mías no te fías. Y no te culpo, muchas veces he rodeado la verdad y no he dicho lo que quería, sólo lo que debía. Estas palabras, por tanto, no son mías, son de otros, son susurros y aullidos que antes describieron lo que otros sentían. Espero que de ellos sí te fíes, y en su gramática confíes.

No te he dado motivos para quererme, ni lo pretendía. No te he dado razones para sentirme, no necesito que me sientas. No quiero que te acerques, me gustas lejos. Y sin embargo no puedo evitar quererte cerca. Si fuese mujer te querría dentro; si fuese hombre me querría en ti. Pero soy aire, vago libre. Y libre quiero seguir. No es algo físico ni metafísico. Es algo natural, genético, programado. Tan racional que resulta irracional. Y la contradicción también lo es.

Donde hay hombre y mujer hay dualidad, como donde hay noche y día, alma y cuerpo o querer y desquerer. Los niños ya lo dicen cuando cantan que los que se pelean se desean, y el sentido común lo reafirma con su ni contigo ni sin ti. ¿Cómo mezclar la libertad con el encierro? ¿Cómo negar lo que se quiere y querer lo que se niega? No se puede. Igual que el poeta, cantante, demostró que se puede querer a dos mujeres, yo intento demostrar que no se puede querer a ninguna, y a todas. Y a ti por encima de todas ellas. Ser la única pero una más. Ser ninguna y todas las demás.

Yo soy aire, tu eres tierra. Yo me muevo y tú permaneces. Si te quiero te acaricio, y si no te erosiono. Por ti puedo ser una leve brisa. Por ti un huracán. Por ti me condensaría y te regaría para adivinar qué frutos crecen. Y por ti ascendería para alejarme lo más posible.

Hace dos años, tres en realidad, me fui lo más lejos que pude. Y sin embargo seguí teniéndote tan cerca. Ahora he perdido, tal vez de forma demasiado voluntaria, otra oportunidad de volver a acercarme. ¿Qué habría pasado? Te puedo contar mil cuentos, unos tristes y otros alegres, como hacía antes. Puedo inventarme de nuevo nuestro amor, o convocar a nuestro odio. Puedo ser un amante perfecto o un perfecto hijo de puta. Puedo decir que te he buscado y te he encontrado. O que fuiste tú quien me buscó, a pesar de todo. Pero no hará falta. No hará falta porque no es posible ya. Porque hoy te quiero cerca y te escribo con palabras prestadas, pero mañana tal vez te vuelva  a querer lejos y te mienta diciéndote que te quiero, con mis palabras mentirosas. Y sienta lo que siente, diga lo que diga, estás lejos. Y mi naturaleza es esa. El aire quiere lo que no tiene, quiere la parte física, la suavidad y la aspereza, que sólo la tierra, de entre los 4 elementos, puede darle. Y así debe ser. Ahora te lo digo yo, pero porque ya lo dijeron otros antes.

En el escenario

Ahí estás, de pie. Una luz anaranjada, cálida, empieza a alumbrarte. En pocos minutos, no más de 3, se ha asentado sobre tu cabeza y choca directamente en tus ojos. No es como llevar una venda, pero te ciega lo suficiente para no ver sus caras. Ojalá te hubiesen permitido salir al escenario con una venda en los ojos. Un simple trapo bastaría, pero tendrás que confortarte con este sol de amanecer.

Agradeces el calor de la luz. La noche ha sido larga y húmeda, y este pequeño amanecer te reconforta los huesos. Su calidez te devuelve la entereza. Ya no notas los músculos agarrotados y puedes volver a erguirte. Sacas pecho, levantas la cabeza y sonríes. No es que puedas hacer mucho más. Sin ver sus caras, pero adivinando sus negras siluetas a contraluz, mueves la cabeza de uno a otro. Sospechas que hay más temor en sus caras que en la tuya. A fin de cuentas, ellos saldrán de este improvisado teatro y vivirán el día a día con lo que aquí vean. La simplicidad de tu papel es hasta graciosa. Pero aún así, quieres hacerlo lo mejor posible. A fin de cuentas es tu última representación.

Se acerca la hora de empezar. Esperas que se den prisa o el foco solar se moverá del sitio y tendrás que mirarles a los ojos. Y no debería ser así. No quieres saber quiénes son. No quieres que tu último recuerdo, que la imagen que quede grabada en tu retina sea la de sus caras, muchas aún imberbes, temblando con los dientes apretados.

Por fin escuchas los pasos del director. Se lo toma con calma. Ploc. Ploc. Pausa. Ploc. Ploc. Pausa… así varias veces, siempre al mismo ritmo. Paso. Paso. Pausa. Paso. Paso. Pausa. Y el sol sigue subiendo. Se escapa un “Por Dios” de tus labios. Quién diría que serías tu el que se impacientase. Como si tuvieses prisa. Ploc. Paso. Pausa. Y por fin, tras lo que parecen haber sido horas para ti, sus pasos se para. Giras el cabeza, decidido, y le miras como si le conocieses de toda la vida ¿Qué más puedes hacer? Si no tuvieses las manos atadas, tal vez le habrías hecho el saludo militar. Seguro que le habría hecho gracia. Y el sol sube. Ya apenas recorta sus cuerpos, y lo único que queda en penumbra son las cabezas y esas caras que temes ver, esas miradas que te derrumbarán en tu última actuación.

El director se enciende un cigarro y se acerca a ti. Te ofrece uno, un pequeño regalo lo llama. Preocupado por el tiempo que tardarás en fumarlo, sin manos, declinas. Sonríe y exclama “¡Sano hasta el final!”. Le devuelves la sonrisa y lo ves alejarse cigarro en mano. Se coloca junto al resto y fuma con calma, calda tras calada. Finalmente tira la colilla y la pisa con cuidado. El silencio es sepulcral. Saca, al fin, su sable, y da las órdenes. ¡Carguen! ¡Apunten! Miras hacia arriba esperando la última de ellas. Cuando bajas la cabeza ves sus caras. El momento que temías ha llegado, y no es el de morir en este triste escenario de arena amarilla ya teñida de rojo por la sangre de otros. No. Es el momento en que ves sus caras, las de todos. Ves sus manos temblorosas. Ves el terror en sus ojos. Ves el miedo ante  lo que va a pasar. Y luego, por primera vez en toda la mañana, todo sucede rápido. Grita ¡Fuego! Y sólo escuchas tiros y ves humo. El dolor del primer tiro, en la pierna, pasa rápido al notar los siguientes en el pecho. Mueres antes de llegar al suelo. Ha sido rápido y casi indoloro.

Observas la escena ajeno a todo. Has muerto. Has cumplido con tu gran papel. El público, de haberlo, habría aplaudido y se habría levantado de sus butacas. Pero esta función tenía un solo espectador: el viejo general, casi ciego por la edad. Has representado esta muerte para él. La muerte que sería la de un héroe. La muerte que esperaría de su gran enemigo. Pero, como los pobres reclutas que acaban de disparar y tú sabéis, no eras ese enemigo. No eras esa amenaza. No eras más que un actor de provincias, poco conocido, pero demasiado parecido a ese cabecilla que está escondido. Y el viejo general, en su obsesión, te creía él a pies juntillas. Y ningún recluta, temeroso por su propia vida, se prestó a corregirle en su error. Aún tiemblan por el miedo a que confesases. Pobrecillos, son unos críos. Y tú, actorcillo de provincias, puedes retirarte al fin con la frente bien alta al camerino. La función de la guerra debe continuar. Pero tu ya has cumplido tu papel en el escenario.

Empezar en infinitivo

Entonces:

Abandonar. Olvidar. Esconder. Dejar. Descuidar. Matar(lo). Borrar(lo).

Ahora:

Comenzar. Insinuar. Sugerir. Ilusionar. Disfrutar. Intentar(lo). Recrear(lo).

Después, tal vez:

Vanagloriarse. Lucirse. Enorgullecerse. Conocerse. Dominarse. Continuar. Terminar.

Y ese extraño subidón de ego que da el volver a empezar desde el principio. Cuando todo es verbo. Cuando todo es infinitivo.