La nieve, y su sonrisa

Entre otras cosas, le dio por enamorarse. No fue, seguramente, lo único que hizo que las cosas fuesen de esa forma. Pero fue otro de esos errores que se acumulan uno detrás de otro, como si no hubiese fin.

Y pasó el tiempo. Los días se hicieron semanas y estas, como no podía ser de otra forma, meses. Y tras algo más de un año, poco más de un año, Nevó.

Y la nieve le recordó a abrazos que nunca sucedieron y a momentos tiernos junto a una chimenea que nunca existió.

Y, a pesar de los años y de haberse enamorado, sin motivo y sin razón. Y a pesar de la nieve. Y a pesar de todo. sonrió.

Enzimas

Aunque no me leas, yo lo escribo.
No es por ti, es para mi.
Aunque no me oigas, yo lo digo.
Es por mi, no para ti.

Es un ejercicio de egoísmo; el camino del sentimiento, eso mismo. Toma un rumbo y se va por otro. Se instala aquí o allí. A veces – demasiadas – en el corazón y otras – muchas, tal vez – dentro de este cabezón. Se asienta tranquilo, no tiene prisa. Pero trabaja sin parar. Si tengo la mala suerte de que se instale abajo, mide cada latido. Estimula a veces, relaja en otras. Como está cerca del pulmón, me corta la respiración. Y todo eso antes de empezar a emitir ondas – o tal vez enzimas – por las venas, arterias y capilares. Si por desgracia se acomoda arriba, observa las ondas. Provoca dolor de vez en cuando y hace que rechinen los dientes y se vuelva las pupilas. Está cerca de mi cara y hace que esta parezca de adolescente o de moribundo. Y luego, por fin, carga de impulsos sin sentido todas las neuronas.

¿De qué hablo? No lo se. De ciencia, tal vez. O de arte, yo que se. ¿A dónde quiero llegar? Ya lo ves. Es divertido no saber. Es horrible no padecer. Todo fue mal y luego todo volvió a estar bien. Hacía tiempo – años – que no estaba y contigo volvió. Eso fue fastidio, pero se dejó llevar. Luego, de repente – pero con causas aparentes – todo fue mal. En ese momento no se si vivía arriba o abajo, pero se mudó a la otra planta. Y dolió. Vaya si dolió. Aún quedan cicatrices, de esas que dicen que nunca se cierran. Pero aunque nunca se cierran, el tiempo – fiel amigo – te enseña. Descubres que basta con no mirar para no pensar. Bueno, para no pensar tanto. La cosa se estabiliza y el inquilino se entretiene en otros asuntos. Alguna noche monta fiesta, pero no molesta. Digamos que todo vuelve a ir bien – aunque todo vaya mal -.

Parece un final. Tendría que ser un final. Pero no lo es. Toda historia tiene un continuará. Todo bucle vuelve a empezar. Toda tormenta su calma. Y todo sentimiento, su lugar. Y aquí estamos de nuevo. Tu, el inquilino y yo. Sólo que el del medio, el que sobra en la ecuación, la tercera pata del banco. Ese estorbo, vamos, ha mutado. Ya no es ese travieso gato que despierta curiosidad. Ahora juega a pinchar. Y vaya sin pincha el muy cabrón.

Dicen que hay un paso. Uno que no estaba dispuesto a dar. Ahora, de su mano, me estoy dejando llevar. No quiero. Pero puedo. Y aún sintiéndolo desde ya. Al final lo hago. No me culpes, no te culpo.

Demasiados estímulos

¿Te has fijado alguna vez en cómo se consume un cigarro cuando le das una calada? El papel se quema formando gusanitos que se dirigen hacia tí de forma sinuosa – comentó ella, clavando esos ojos azules casi antinaturales que me absorben cada vez que se cruzan con los míos. De fondo sonaba algún tipo de música ruidosa electrónica moderna, de esa que también satura. Y en mi cabeza, para mí, tarareaba la letra de una tonta cancioncilla pop demasiado romántica para el momento. Demasiados estímulos. Economía de la atención, que dicen los catedráticos.

No respondí a lo que me decía. Me limité a dar otra calada y, vizqueando, clavé mis ojos en el cigarro. Tenía razón. Son como gusanos. Volvió otra vez al ataque. – Es raro que algo que sabemos perfectamente que es tan malo, que no para de darnos señales de que nos va a matar, nos lave el cerebro de esa forma. – El sabor amargo y desagradable del humo en mi boca. Una luz que parpadea al fondo del salón. Una rubia comiéndose a besos a un chulo de barrio en el rincón más oscuro. Y sus ojos azules, enormes y exóticos. Demasiados estímulos otra vez. Tengo que filtrar.

Traté de centrarme. Responder intentando ser algo ingenioso, como cuando a ella le sorprendían mis respuestas. – Tienes razón. Debería dejarlo. Otra vez. – Ni un esbozo de sonrisa, normal. – Lo digo en serio. Déjalo ya. – Agacho la mirada otra vez. La cerveza se calienta sobre la mesa. Suenan tahures zurdos y canto en un susurro mental. El olor a champú que me recuerda a mañanas de sexo ya pasadas me hace levantar los ojos. Una morena de pelo rizado. Avanza directa hacia la mesa de la parejita. Se va a liar. Ella también se ha dado cuenta. Sus ojos azules miran detrás mío, hacia la escena que va a empezar. como se refleja la escasa luz en ellos. Que brillantes parecen. Me bloqueo con sólo pensarlos.

Unos cuantos gritos más tarde la morena ya se ha ido. El chulo está rojo. Su novia, o lo que fuera, bofetada mediante, tampoco está ya. Habrían pasado unos 15 minutos. 15 minutos sin cruzar palabra. 15 minutos de ella disfrutando de la función. 15 minutos de navegar en mi reflejo en sus pupilas, escuchando los gritos amortiguados dentro de mi cabeza, tratando inútilmente de no hacerles caso. – Hay que ser imbécil – Comenta ella al fin. – Pues sí, mira que ir al mismo bar con las dos… -. – Me refería a ponerle los cuernos con la guarra esa. – – Era mona. -. – ¿y qué importa?

No importa nada. Nada importa, la verdad.- No se qué pasó. Tal vez fue el cambio de música, o que la luz que parpadeaba se apagó por fin. O el vaso roto tras la barra al grito de “alegría” del camarero. Igual fue ver como el chulo, hundido al fin, agachó la cabeza. O simplemente fueron esos ojos que me interrogaban buscando una respuesta a una pregunta que no llegó a formular nunca. Realmente da igual lo que fuera, estaba sometido a demasiados estímulos. – No importamos ni tu ni yo. Hace ya demasiado tiempo que todo da igual, excepto una cosa. Una cosa con la que no puedo vivir. Me bloqueas y no sabes ni cómo lo haces. Nada importa ya. Los dos sabemos que hemos quedado hoy por última vez. – – Lo cierto es que sí. -. – Pues ya vale de hacer el paripé. parecemos críos. – . – Yo no quería que fuese así.- . – Yo no quería que fuese, simplemente. –

Se levantó y se marchó. Terminé mi cerveza caliente. Invité al chulo a una ronda sin que supiese quién le había pagado el trago y me marché, bajo una oportuna lluvia de marzo, pensando en esos ojos que nunca volvería a ver. Sólo me quedaba una pregunta – ¿se habrán vuelto rojos al llorar? –  Nunca sabré si lloró o si le dio igual. Yo lloré. Pero ya nunca me volvieron a saturar los estímulos. Sus ojos, al marcharse, liberaron casi todo mi cerebro.

Mis mejores cadáveres (II): Quisimos jugar al amor

Cuando te conocí tú dormías con un peluche y yo no sabía dormir sin compañía. Pronto nos hicimos amigos; inseparables. Tú eras tú yo era yo. Tu tenias tus dudas y yo las mías pero entre los dos nos las solucionábamos y creábamos otras nuevas para no aburrirnos. Eso era bonito. Sin embargo, un día, quisimos jugar al amor.

Nunca estuve seguro de si fuiste tu quien quiso probar el sabor de mi boca o si fui yo quien se aventuró a descubrir el tacto de tu lengua. La cuestión es que un día, dijimos que sí, que éramos amigos pero que también podíamos ser algo más. Y así decidimos jugar al amor.

Mucho ha llovido desde entonces. Se que a ti te costó acostumbrarme a que no durmiese con otra, casi lo mismo que a mi me costó acostumbrarte a desterrar tus peluches y a dormir conmigo. El tiempo pasaba rápidamente y, mientras yo me acostumbraba a tu piel suave, tú te convertías en señora y cartógrafa de mi cuerpo. Juntos jugábamos al amor.

Y mientras jugábamos, poco a poco, fuimos olvidando nuestra amistad. Tu seguías teniendo tus dudas y yo las mías, pero ya no las solucionábamos juntos. Mientras nuestros cuerpos se acercaban, nuestros corazones se separaban. La cama, compartida cada noche, empezaba a hacerse pequeña al tiempo que las discusiones crecían. Pero nosotros seguíamos jugando al amor.

Y un día el juego se acabó. Yo buscaba tu boca, ansioso, pero tropecé con tu mejilla de amistad, cuyo tacto, antes amado y ahora olvidado, me desconcertó. Me creó un mar de dudas y un océano de enfados. Lo único que obtuve de tu boca ese día fue la noticia de que el juego había terminado.

Y ahora, mientras tu buscas mi boca de nuevo, yo te ofrezco el olor a after shave de mi mejilla porque el juego ha terminado. Quisimos jugar al amor y lo hicimos. Pero ya no. Ahora volvemos a ser los de antes, los amigos inseparables. Todo vuelve a ser como fue al principio salvo una cosa: ahora soy yo quien duerme abrazando a un peluche y eres tu quien quiere tener su cama llena de gente. Tal vez así sea mejor. Tal vez sea verdad que el juego del amor terminó.

Publicado originalmente hace demasiados años en Microrelatos.

Sucede que imagino

Sucede que imagino. No es algo que pueda evitar con facilidad. Vaya, ni siquiera trato de evitarlo. Pero sucede. Puede pasar a cualquier hora del día; pero especialmente, por la noche. Por la noche cuando sucede que imagino.

Sucede que imagino a horas algo intempestivas. Casi parece que me haya desvelado en sueños; pero no. Lo cierto es que nunca llego a dormirme del todo. Y es en esas horas cuando pasa. En esas horas, por la noche, cuando sucede que imagino.

Sucede que imagino que entre la neblina, por la rendija del párpado, me visitas. No es una aparición ni una ilusión. Ni siquiera es realidad, sólo es imaginación. Pasa que vienes a mi lado. Vienes a mi lado en esas horas, por la noche, cuando sucede que imagino.

Sucede que imagino que me hablas, y te respondo. Que todo sigue igual que la noche anterior, que reímos y a veces lloramos. Que nos nos enfadamos pero más o menos lo arreglamos. Que nos damos las buenas y malas noticias. Pasa que vienes para acompañarme. Para acompañarme vienes a mi lado en esas horas, por la noche, cuando sucede que imagino.

Sucede que imagino que seguirás aquí al día siguiente. Y me equivoco. Como toda buena imaginación, no haces caso de mis deseos, sino que haces lo que quieres y como lo quieres; a tu antojo vas y vienes. Pasa que nunca se si te quedarás. Nunca se si te quedarás cuando, para acompañarme, vienes a mi lado en esas horas, por la noche, cuando sucede que imagino.

Sucede que imagino que, aunque sea con breves visitas, seguirás viniendo, seguirás estando. Y de nuevo me equivoco. Eres una imaginación fugaz, volátil, demasiado ligera para quedarte en un mismo sitio tanto tiempo. Algún día te cansarás y no volverás. Pasa que te temo. Te temo porque nunca se si te quedarás cuando, para acompañarme, vienes a mi lado en esas horas, por la noche, cuando sucede que imagino.

Sucede que imagino que tu también imaginas. Tu imaginas que sucede, que te vas, que me dejas igual que estaba antes de conocerte, de imaginarte. Imaginas que sucede que todo seguirá igual, que no recordaré nada, y que tu tampoco tendrás nada que recordar. Y tendrás razón, pero sólo a medias. Porque cuando una imaginación dura tanto, nunca se acaba de olvidar. Pasa que imaginas que sucede. Imaginas que sucede que te temo porque nunca se si te quedarás cuando, para acompañarme, vienes a mi lado en esas horas, por la noche, cuando sucede que imagino.

Y mientras sucede que imaginas, y yo imagino que sucede, sólo queda esperar cada noche, rezando absurdamente para que no sea la última. Todavía no. Todavía puede suceder que los dos imaginemos que sucede.

Volver, pero sin antes irte

Sentir, de repente y sin aviso, una necesidad de expresar, de contar, de gritar. En el pecho, oprimiendo con fuerza, una estructura expresiva. Saber que lo necesitas y que, además, lo quieres. Y sin embargo no poder hacerlo. No saber qué decir ni cómo decirlo.

Pasa un día, dos, tres, doscientos veintipico días. Notar como madura y evoluciona. A veces es más intenso; otras un simple susurro en ese punto ciego que empieza justo donde termina tu campo de visión. Hay días, incluso, en los que parece no estar y casi lo olvidas. Va y viene, con tanta frecuencia, que ya has asumido que, por mucho que quiera salir, es imposible.

Entonces llegan los cambios. Uno detrás de otro. Rompes con más cosas de las que dices. Las cadenas de la rutina, el sopor del conformismo y la seguridad de la asunción son tres de ellas. Y por fin, es en ese momento, cuando lo comprendes. No es que no supieses cómo expresarlo. Es que, en realidad, no te importaba dejarlo encerrado dentro. Era una molestia que, sinceramente, te gustaba (igual que cuando tienes una llaga en la boca y no paras de tocarla, a pesar del dolor).  Era mucho más cómodo autocompadecerte y decirte que no había forma de sacar una palabra que ponerte de nuevo, junto al vaso de cristal y la pantalla del ordenador.

Llega la noche doscientos treinta, más o menos (nunca he sabido fijar las fechas y siempre hago cálculos por encima), y por fin ha vuelto la inspiración. Puedo decir que ha vuelto, pero debo confesar que nunca se fue. Lo que no estaba era la vitalidad, la energía, la rabia. Sólo quedaba el conformismo y la pereza. Y siguen estando, pero algo se ha agitado. Y ha vuelto. Débil, marchita, desentrenada y algo más gris de lo normal. Pero vuelve a estar. Y ya no duele en el pecho. Ahora se mueve de nuevo por la mano, por el ojo; recuerda lentamente, como el violinista amnésico al que ponen las manos sobre las cuerdas, los viejos trucos del comodín.

Nunca se fue, y sin embargo ha vuelto. Y todo gracias a una pregunta inocente. O tal vez no tan inocente.

Habrá que tratar de recordar más a menudo.

 

P.D: Hola. Otra vez.

A propósito de mis vacaciones en la Tierra de los Sueños

He estado ausente algunos días, dejando abandonados estos pequeños capítulos que, una vvez compilados, definirán el bestiario. ¿El motivo? Decidí tomarme unas vacaciones en la tierra de los sueños. No más de los necesarios ni menos de los precisos.

La tierra de los sueños es ese lugar de nombre impronunciable en nuestra lengua (no por su construcción fonética, si no por el desconocimiento de su forma) que no puede señalarse en el mapa y cuya situación está prohibido explicar, salvo con las palabras Muy Al Sur. Aunque estas palabras pueden despistar, pues según el punto de referencia, tal vez no esté tan al sur. El motivo de estas extrañas normas no es otro que mantener alejados a los imprudentes que buscan la tierra de los sueños sin haber estado allí y que creen que tan exótico nombre no oculta más que un lugar donde todo es maravilloso y brillante, como en un sueño.

No es que sea un lugar horrible, pero la Tierra de Los Sueños, de Muy al Sur, no es tampoco un lugar idílico, y su nombre no le hace toda la justicia que debería. Me está permitido decir que se encuentra rodeada por agua en tres de sus lados y que cuenta, en su reducida superficie, con dos grandes montañas, una en el límite Norte (donde se encuentra el único faro capaz de guiar a las aves en sus migraciones para que no pierdan el rumbo) y otra al Este. He escuchado historias de que gran parte de la montaña del Este está hueca por dentro, llena de túneles y cámaras que se utilizaron para guardar cosas por mercaderes y piratas hace ya demasiado tiempo. Cuentan estas historias que la entrada a la red de túneles se encuentra en una extraña construcción, con forma de tortuga (tal vez por influencia de los piratas y de su veneración a estas) que hay casi en lo más alto, en un pequeño llano. Claro que también dicen que esta tortuga es un viejo polvorín que podría explotar al abrir la puerta, así que nadie se ha atrevido a explorarla por dentro (al menos en los últimos cien años).

Entre costa y montañas está la ciudad, con una mezcla de arquitecturas, estilos y ambientes que representa todo lo que ha existido, lo que existe y, seguramente, lo que pueda llegar a existir. Lo único que no hay son rascacielos, ya que es innecesario ningún edificio de más de 8 plantas. Si llegas por puerto, como yo hice, topas pronto con el barrio francés, que limita con una zona de aspecto medieval y con otra de casa encaladas en blanco. El contraste puede sonar muy brusco para la vista, sin embargo el cambio de arquitectura es suave y gradual y te lleva de un ambiente a otro. Durante mis vacaciones, residí en la zona contemporánea, en un edificio de 6 plantas con ascensor y vistas a una plaza de ladrillo. Por las mañana había buena luz en la casa y por las noches estaba lo suficientemente resguardada del viento como para no sufrir la humedad.

¡Ah, la humedad! El clima de la tierra de los Sueños es variable, pero la humedad es una constante. Dicen los meteorólogos que la han visitado que es del 87%, y que incluso ha llegado a tener picos del 98%. Esto hace más pegajosos los veranos y fríos los inviernos, pero también favorece el desarrollo de toda una serie de especies autóctonas, sin parentesco con ninguna otra familia animal del mundo. Sin este clima tan húmedo no habrían podido desarrollarse. Aparte de la humedad, el clima es dado a contrastes: inviernos frios y veranos húmedos, aunque esto no siempre fue así. En mi última visita se decía que la temperatura no tenía grandes variaciones del invierno al verano, y lo cierto es que  rara vez había superado los 27 ni bajado más de los 20 grados. Pero eso ha cambiado, igual que la configuración de las callas y la posición de los barrios (el francés no existía en mi última visita, y su espacio lo ocupaba una judería medieval). Las nubes del cielo cambian cada día, y el número de estrellas. La única constante es la humedad. La humedad y los habitantes.

Hay pocos residentes en la Tierra de los sueños. Se podrían contar con las Zarpas de una mamosa de cola plateada (Teniendo en cuenta que se trata de un tipo de ciempiés autóctono con más de 80 patas y tres zarpas en cada una, eso hace más de 240 almas). Algunos han muerto con el paso de los años (y eso que una vida aquí dura como varias de las nuestras ahí fuera) y pocos han nacido. A los que aún quedan de hace más de 2 generaciones les llaman los antiguos. Y se les respeta mucho, porque prácticamente vieron nacer al sueño. Ellos se limitan a refunfuñar y a recordar lo bien que se vivía antes. Los ancianos viven en viejas casas, de estilo colonial, diseminadas por las laderas de las dos montañas. Tal vez no sean las mejores casas ni las más grandes, pero son las que más me gustan, y tienen espacio para alojar a una familia o dos en cada una.

Todos los habitantes tienen sus empleos, como en cualquier lugar. Está el panadero, La bibliotecaria (que gran biblioteca la de esta tierra, que contiene cientos de libros que en ningún otro sitio podrían ser leídos y que, por desgracia, olvidas al cruzar sus fronteras), el policía (que tiene más trabajo del que se puede suponer), el notario (que da fe de todos los cambios que producimos los visitantes), el alcalde (que disfruta jugando con su bastón de mando como si fuese una espada, cuando está en su despacho con la puerta cerrada), el mendigo, el borracho, el anarquista, la monja, el rabino, el cowboy, el forajido, el pintor, el albañil, y todos los demás. Me considero amigo de algunos de ellos, y ellos también me consideran su amigo. Esto es un honor para mí. Junto a ellos he corrido muchas aventuras de niño y de no tan niño, y de la mano hemos hecho cambiar cosas por todos los lugares de la tierra de los Sueños.

Pensaba hablar de cómo en estas pequeñas vacaciones he sido hijo y hermano; he vuelto a ser tio por primera vez; ,he sido novio despechado y amante descarnado; me he cruzado con viejos enemigos (por quienes profeso un odio indescriptible, y soy correspondido) y con los mejores amigos (aquellos que siempre están ahí, llueva o nieve, truene o hiele, esperando que te acerques de nuevo y les preguntes ¿cómo vas?); He vuelto a beber en compañía de la amistad exaltada, helándome de frío pero reconfortado por la charla (sí, esa misma charla que llevamos desde hace 10 años y que repetiremos  hasta  que estemos todos muertos); he conspirado y planificado; he acatado compromisos que no se si cumpliré; …. Quería hablar de mis meditaciones y lo que he descubierto de mi mismo; de los nuevos colores que he aprendido a distinguir, de los sonidos que he escuchado y las palabras que he usado, del amor que he recibido… Tenía planeado escribir de los cambios que han obrado en la Tierra de Los Sueños desde mi llegada y hasta mi marcha; de cómo mi presencia ha dado forma a una nueva plaza y ha hecho crecer a dos niños que ya no lo son; de cómo mis anhelos han dado forma a la más bella muchacha del mundo y de cómo provocaba accidentes de tráfico, divorcios e infartos allá por donde pasaba; de cómo el mundo se ha recreado mañana tras mañana, con mi despertar, y yo con el (siendo rubio o moreno, barbudo o ralo, escéptico o crédulo, valiente o cobarde según el día y el guión que me tocase). Quería hablar, en definitiva, de mí. Sin embargo yo no soy nada sin lo que me rodea. Aunque lo que me rodee no sean más que mis sueños. Y de eso he acabado escribiendo. De los sueños en los que me he alojado estos días. Porque hablar de ellos es hablar de mí. Y también de ti.

Palabras prestadas

Te escribo con palabras prestadas poque dices que de las mías no te fías. Y no te culpo, muchas veces he rodeado la verdad y no he dicho lo que quería, sólo lo que debía. Estas palabras, por tanto, no son mías, son de otros, son susurros y aullidos que antes describieron lo que otros sentían. Espero que de ellos sí te fíes, y en su gramática confíes.

No te he dado motivos para quererme, ni lo pretendía. No te he dado razones para sentirme, no necesito que me sientas. No quiero que te acerques, me gustas lejos. Y sin embargo no puedo evitar quererte cerca. Si fuese mujer te querría dentro; si fuese hombre me querría en ti. Pero soy aire, vago libre. Y libre quiero seguir. No es algo físico ni metafísico. Es algo natural, genético, programado. Tan racional que resulta irracional. Y la contradicción también lo es.

Donde hay hombre y mujer hay dualidad, como donde hay noche y día, alma y cuerpo o querer y desquerer. Los niños ya lo dicen cuando cantan que los que se pelean se desean, y el sentido común lo reafirma con su ni contigo ni sin ti. ¿Cómo mezclar la libertad con el encierro? ¿Cómo negar lo que se quiere y querer lo que se niega? No se puede. Igual que el poeta, cantante, demostró que se puede querer a dos mujeres, yo intento demostrar que no se puede querer a ninguna, y a todas. Y a ti por encima de todas ellas. Ser la única pero una más. Ser ninguna y todas las demás.

Yo soy aire, tu eres tierra. Yo me muevo y tú permaneces. Si te quiero te acaricio, y si no te erosiono. Por ti puedo ser una leve brisa. Por ti un huracán. Por ti me condensaría y te regaría para adivinar qué frutos crecen. Y por ti ascendería para alejarme lo más posible.

Hace dos años, tres en realidad, me fui lo más lejos que pude. Y sin embargo seguí teniéndote tan cerca. Ahora he perdido, tal vez de forma demasiado voluntaria, otra oportunidad de volver a acercarme. ¿Qué habría pasado? Te puedo contar mil cuentos, unos tristes y otros alegres, como hacía antes. Puedo inventarme de nuevo nuestro amor, o convocar a nuestro odio. Puedo ser un amante perfecto o un perfecto hijo de puta. Puedo decir que te he buscado y te he encontrado. O que fuiste tú quien me buscó, a pesar de todo. Pero no hará falta. No hará falta porque no es posible ya. Porque hoy te quiero cerca y te escribo con palabras prestadas, pero mañana tal vez te vuelva  a querer lejos y te mienta diciéndote que te quiero, con mis palabras mentirosas. Y sienta lo que siente, diga lo que diga, estás lejos. Y mi naturaleza es esa. El aire quiere lo que no tiene, quiere la parte física, la suavidad y la aspereza, que sólo la tierra, de entre los 4 elementos, puede darle. Y así debe ser. Ahora te lo digo yo, pero porque ya lo dijeron otros antes.

Empezar en infinitivo

Entonces:

Abandonar. Olvidar. Esconder. Dejar. Descuidar. Matar(lo). Borrar(lo).

Ahora:

Comenzar. Insinuar. Sugerir. Ilusionar. Disfrutar. Intentar(lo). Recrear(lo).

Después, tal vez:

Vanagloriarse. Lucirse. Enorgullecerse. Conocerse. Dominarse. Continuar. Terminar.

Y ese extraño subidón de ego que da el volver a empezar desde el principio. Cuando todo es verbo. Cuando todo es infinitivo.