Demasiados estímulos

¿Te has fijado alguna vez en cómo se consume un cigarro cuando le das una calada? El papel se quema formando gusanitos que se dirigen hacia tí de forma sinuosa – comentó ella, clavando esos ojos azules casi antinaturales que me absorben cada vez que se cruzan con los míos. De fondo sonaba algún tipo de música ruidosa electrónica moderna, de esa que también satura. Y en mi cabeza, para mí, tarareaba la letra de una tonta cancioncilla pop demasiado romántica para el momento. Demasiados estímulos. Economía de la atención, que dicen los catedráticos.

No respondí a lo que me decía. Me limité a dar otra calada y, vizqueando, clavé mis ojos en el cigarro. Tenía razón. Son como gusanos. Volvió otra vez al ataque. – Es raro que algo que sabemos perfectamente que es tan malo, que no para de darnos señales de que nos va a matar, nos lave el cerebro de esa forma. – El sabor amargo y desagradable del humo en mi boca. Una luz que parpadea al fondo del salón. Una rubia comiéndose a besos a un chulo de barrio en el rincón más oscuro. Y sus ojos azules, enormes y exóticos. Demasiados estímulos otra vez. Tengo que filtrar.

Traté de centrarme. Responder intentando ser algo ingenioso, como cuando a ella le sorprendían mis respuestas. – Tienes razón. Debería dejarlo. Otra vez. – Ni un esbozo de sonrisa, normal. – Lo digo en serio. Déjalo ya. – Agacho la mirada otra vez. La cerveza se calienta sobre la mesa. Suenan tahures zurdos y canto en un susurro mental. El olor a champú que me recuerda a mañanas de sexo ya pasadas me hace levantar los ojos. Una morena de pelo rizado. Avanza directa hacia la mesa de la parejita. Se va a liar. Ella también se ha dado cuenta. Sus ojos azules miran detrás mío, hacia la escena que va a empezar. como se refleja la escasa luz en ellos. Que brillantes parecen. Me bloqueo con sólo pensarlos.

Unos cuantos gritos más tarde la morena ya se ha ido. El chulo está rojo. Su novia, o lo que fuera, bofetada mediante, tampoco está ya. Habrían pasado unos 15 minutos. 15 minutos sin cruzar palabra. 15 minutos de ella disfrutando de la función. 15 minutos de navegar en mi reflejo en sus pupilas, escuchando los gritos amortiguados dentro de mi cabeza, tratando inútilmente de no hacerles caso. – Hay que ser imbécil – Comenta ella al fin. – Pues sí, mira que ir al mismo bar con las dos… -. – Me refería a ponerle los cuernos con la guarra esa. – – Era mona. -. – ¿y qué importa?

No importa nada. Nada importa, la verdad.- No se qué pasó. Tal vez fue el cambio de música, o que la luz que parpadeaba se apagó por fin. O el vaso roto tras la barra al grito de “alegría” del camarero. Igual fue ver como el chulo, hundido al fin, agachó la cabeza. O simplemente fueron esos ojos que me interrogaban buscando una respuesta a una pregunta que no llegó a formular nunca. Realmente da igual lo que fuera, estaba sometido a demasiados estímulos. – No importamos ni tu ni yo. Hace ya demasiado tiempo que todo da igual, excepto una cosa. Una cosa con la que no puedo vivir. Me bloqueas y no sabes ni cómo lo haces. Nada importa ya. Los dos sabemos que hemos quedado hoy por última vez. – – Lo cierto es que sí. -. – Pues ya vale de hacer el paripé. parecemos críos. – . – Yo no quería que fuese así.- . – Yo no quería que fuese, simplemente. –

Se levantó y se marchó. Terminé mi cerveza caliente. Invité al chulo a una ronda sin que supiese quién le había pagado el trago y me marché, bajo una oportuna lluvia de marzo, pensando en esos ojos que nunca volvería a ver. Sólo me quedaba una pregunta – ¿se habrán vuelto rojos al llorar? –  Nunca sabré si lloró o si le dio igual. Yo lloré. Pero ya nunca me volvieron a saturar los estímulos. Sus ojos, al marcharse, liberaron casi todo mi cerebro.

Personajes tangenciales (I): josé y Trini

Algunos, dicen, ven el futuro en tazas de té. Otros, menos afortunados, indagan su pasado en el fondo de vasos whisky. José, tan humilde como su nombre, se limitaba a ver pasar el presente a través de los cristales de la vieja mercería.

Lo que pocos sabían, y nadie que no lo supiera jamás sospecharía, es que este chico; bueno, este hombre, vive una doble vida. Durante las tardes es José, el melancólico y poco hablador dependiente de la mercería, que observa el barrio a través de su escaparate cuando no tiene a quien despachar. Pero al caer la noche, implantes de silicona de quita y pon y rímel mediante, se transforma en Trini, la Reyna de la Sábana (no la confundas con la Sabana, chato, que allí hace demasiado calor); el mayor espectáculo travesti de toda la ciudad, y seguramente de todo el país.
La mercería, y su pelo rubio cortado al dos los heredó de su madre. El gusto por transformarse y la larga peluca morena de pelo natural, de su padre. El desparpajo en el escenario y la sorna con la que trata a quienes se le insinúan o se insinúa a los que no lo hacen, es sólo cosa suya. Al igual que la timidez, el ligero tartamudeo y la mirada esquiva cuando despacha por las tardes.

No se trata, precisamente, de un héroe arquetípico, como supondréis. Pero tampoco la aventura en la que, tal vez, un día se vea inmiscuido lo será. Sin embargo, es pronto todavía. Guardemos su perfil y dejémosle en su tienda, mirando a las hijas de doña Roberta por el cristal del escaparate, jugando ellas con el elástico y el con una madeja de lana.

Y si queréis asomados al futuro, a lo que tal vez un día le ocurra, por ahora sólo puedo recomendaros que bebáis té y busquéis el el futuro.2

Un pequeño homenaje a Delicatessen

– No es esto por lo que quiero que me recuerden – murmuró mientras encendía el cigarro – pero de alguna forma hay que ganarse la vida.

El estallido de luz duró unos segundos. Luego sólo vino la oscuridad. Otra vez la oscuridad. El pobre Matías pensó que el brillo del mechero al encender la llama era el del disparo mortal que habría de acabar con su vida. Pero no. Era sólo un golpe de efecto del Carnicero, que ahora fumaba y jugaba  a hacer formas con el rojo del cigarro.

– No creas que es algo personal. Sólo es trabajo. Bueno, he de confesar que esta vez sí tiene un poco de personal. Nunca aguanté tu manía que quedarte callado siempre.  Pero no es por eso por lo que te elegido. ¿Quieres saber por qué?

– …

– Prefieres seguir callado – rió el Carnicero – te lo contaré de todas formas. Es por economía. Simple y llana economía. Los vecinos que tienen un trabajo pueden pagar por la carne; los que no, no pueden. Es sencillo. Realmente es hasta rentable para ellos; es como una oferta. Compran carne para vivir y al mismo tiempo compran un poco más de vida.

Al Carnicero le gustaba filosofar mientras trabajaba, y alardear de lo que había aprendido en su corta estancia en la universidad. Se creía más listo que cualquiera de los vecinos del edificio, y disfrutaba demostrándoselo a los pobres diablos que se quedaban sin dinero para seguir pagando.

– La verdad, estás un poco flaco de más ¿Hace mucho que no comes?

– …

– Ya, claro, que se puede esperar de un músico en estos tiempos. Con la guerra y tantas miserias nadie tiene tiempo de escuchar cancioncitas alegres. Es más importante sobrevivir. Es lo único que importa. Y para eso hacen falta oficios de verdad, como el de cartero, o el de carpintero, o incluso como el de carnicero. Pero ¿músico? ¡Venga ya!

– … – Matías quería responder, defender la necesidad de la música, sobretodo en tiempos como estos. Quería callar al animal que tenía enfrente y decirle que se pudriese en el infierno. Él y todos los carniceros. O al menos todos los que, hace ya tantos años, cambiaron los cerdos y las vacas por personas. Quería decirle que en otro tiempo, cuando aún había gobierno, sería el el que estaría atado esperando a que acabasen con el. Pero no podía decir nada. Tenía la garganta completamente bloqueada.

– ¿sabes qué? Creo que contigo no hará falta usar la escopeta. Sería desperdiciar un cartucho. Y cada vez es más difícil conseguirlos. Maldita guerra, desde que empezó escasea todo. El ejercito, esté donde esté, necesita hasta la chatarra más inútil. Como cuando vinieron a llevarse los pararrayos del tejado. ¿para qué narices necesitan los militares un pararrayos? Supongo que para fundir el hierro para fabricar más armas, o más tanques, o Dios sabe qué. ¿tu qué crees?

– … – Ahora sí que podría hacerle quedar como un idiota. Sólo bastaría decirle que esos no eran del ejercito, que eran unos desarrapados, seguramente desertores, que buscaban chatarra para venderla dios sabe donde. Y que además de los pararrayos se llevaron gran parte de las tuberías del edificio. Pero ¿para qué malgastar sus últimas palabras en discutir con un animal?

– Ya, claro, es mejor no contestar. Total, un tonto de remate como tu que va a saber de la guerra. Pero bueno, lo que te decía. Creo que contigo me ahorraré la escopeta. La uso para evitar que chillen, ¿sabes? Es muy molesto para el vecindario tener que aguantar los gritos por la noche. Yo, sobretodo, soy respetuoso con mis vecinos. A fin de cuenta, son ellos los que me permiten vivir así de bien cuando vienen a comprar la carne. Porque ellos vienen a comprar, no como tu, parásito. A saber de qué te alimentabas. Seguro que robabas a escondidas las sobras de los demás.

– … –

– Contigo utilizaré el cuchillo directamente. Tranquilo, no te dolerá. Al menos no demasiado. Un golpe rápido y fuerte, justo aquí – mientras decía esto se había levantado y acercado a Matías. Ahora justo le estaba tocando el cogote con el dedo grasiento. Aquí. Un golpe. Y se acabó. Apenas te enterarás. Y luego unos cortes aquí y aquí, para que la sangre salga rápido. Y después a deshuesar y filetear. El trabajo de toda la vida, vaya. No te creas que eres especial o algo así. Contigo será como con los demás. Rápido, aséptico y preciso.  Deberíamos empezar ya. Espérame un segundo, que voy a por el cuchillo de matar cerdos.

 

Seguramente no pasaron ni dos minutos, pero para Matías fue una eternidad. Escuchó como el carnicero rebuscaba en los cajones de la habitación de al lado hasta dar con el cuchillo, como lo afilaba tranquilamente. Le olló maldecir al cortarse y, por fin abrió la puerta. No la cerró del todo, así que entraba un pequeño hilo de luz anaranjada por la rendija. Lo suficiente como para distinguir la silueta del Carnicero y ver como levantaba el brazo. Y se acabó. Rápido, aséptico y preciso. Al menos, el cuarto golpe, que fue el que acertó a partir el cráneo de Matías. Los otros tres mejor no saber en que partes de su cuerpo fueron a caer ni la sangría que ocasionaron.

 

Matías habló poco en vida, pero gritó mucho al morir. Tanto que despertó a todo el edificio. Sus últimas palabras, que tanto esperó a decir y tanto pensó, acabaron siendo “Hijo de puta, mátame de una vez”. El carnicero desubrio que, aunque veía bastante bien a oscuras, necesitaba gafas para trabajar. Y al día siguiente hubo de nuevo solomillo para comer.

5 de Noviembre

Remember, remember, the 5th of November
The Gunpowder Treason and plot;
I know of no reason why Gunpowder Treason
Should ever be forgot.
Guy Fawkes, Guy Fawkes,
‘Twas his intent.
To blow up the King and the Parliament.
Three score barrels of powder below.
Poor old England to overthrow.
By God’s providence he was catch’d,
With a dark lantern and burning match
Holloa boys, Holloa boys, let the bells ring
Holloa boys, Holloa boys, God save the King!
Hip hip Hoorah!

Perfección narrativa

Brevedad y sencillez. Perfeción en la ejecución. Una historia completa. Alegría y tristeza. Y apenas 10 versos que luego sólo son 7.

(Original, anónimo)

Solomon Grundy,
Born on Monday,
Christened on Tuesday,
Married on Wednesday,
Took ill on Thursday,
Worse on Friday,
Died on Saturday,
Buried on Sunday:
And that was the end
Of Solomon Grundy

(Adaptado para DC Comics, Jeph Loeb)

Solomon Grundy, nacido un lunes.
Bautizado un frío y tormentoso martes…
casado un gris e inhóspito miércoles,
enfermo un tranquilo y apacible jueves.
¡Con peor pinta un soleado y ventoso viernes!
Muerto un alegre y glorioso sábado…
enterrado un hirviente y abrasadaro domingo