Ahí estás, de pie. Una luz anaranjada, cálida, empieza a alumbrarte. En pocos minutos, no más de 3, se ha asentado sobre tu cabeza y choca directamente en tus ojos. No es como llevar una venda, pero te ciega lo suficiente para no ver sus caras. Ojalá te hubiesen permitido salir al escenario con una venda en los ojos. Un simple trapo bastaría, pero tendrás que confortarte con este sol de amanecer.

Agradeces el calor de la luz. La noche ha sido larga y húmeda, y este pequeño amanecer te reconforta los huesos. Su calidez te devuelve la entereza. Ya no notas los músculos agarrotados y puedes volver a erguirte. Sacas pecho, levantas la cabeza y sonríes. No es que puedas hacer mucho más. Sin ver sus caras, pero adivinando sus negras siluetas a contraluz, mueves la cabeza de uno a otro. Sospechas que hay más temor en sus caras que en la tuya. A fin de cuentas, ellos saldrán de este improvisado teatro y vivirán el día a día con lo que aquí vean. La simplicidad de tu papel es hasta graciosa. Pero aún así, quieres hacerlo lo mejor posible. A fin de cuentas es tu última representación.

Se acerca la hora de empezar. Esperas que se den prisa o el foco solar se moverá del sitio y tendrás que mirarles a los ojos. Y no debería ser así. No quieres saber quiénes son. No quieres que tu último recuerdo, que la imagen que quede grabada en tu retina sea la de sus caras, muchas aún imberbes, temblando con los dientes apretados.

Por fin escuchas los pasos del director. Se lo toma con calma. Ploc. Ploc. Pausa. Ploc. Ploc. Pausa… así varias veces, siempre al mismo ritmo. Paso. Paso. Pausa. Paso. Paso. Pausa. Y el sol sigue subiendo. Se escapa un “Por Dios” de tus labios. Quién diría que serías tu el que se impacientase. Como si tuvieses prisa. Ploc. Paso. Pausa. Y por fin, tras lo que parecen haber sido horas para ti, sus pasos se para. Giras el cabeza, decidido, y le miras como si le conocieses de toda la vida ¿Qué más puedes hacer? Si no tuvieses las manos atadas, tal vez le habrías hecho el saludo militar. Seguro que le habría hecho gracia. Y el sol sube. Ya apenas recorta sus cuerpos, y lo único que queda en penumbra son las cabezas y esas caras que temes ver, esas miradas que te derrumbarán en tu última actuación.

El director se enciende un cigarro y se acerca a ti. Te ofrece uno, un pequeño regalo lo llama. Preocupado por el tiempo que tardarás en fumarlo, sin manos, declinas. Sonríe y exclama “¡Sano hasta el final!”. Le devuelves la sonrisa y lo ves alejarse cigarro en mano. Se coloca junto al resto y fuma con calma, calda tras calada. Finalmente tira la colilla y la pisa con cuidado. El silencio es sepulcral. Saca, al fin, su sable, y da las órdenes. ¡Carguen! ¡Apunten! Miras hacia arriba esperando la última de ellas. Cuando bajas la cabeza ves sus caras. El momento que temías ha llegado, y no es el de morir en este triste escenario de arena amarilla ya teñida de rojo por la sangre de otros. No. Es el momento en que ves sus caras, las de todos. Ves sus manos temblorosas. Ves el terror en sus ojos. Ves el miedo ante  lo que va a pasar. Y luego, por primera vez en toda la mañana, todo sucede rápido. Grita ¡Fuego! Y sólo escuchas tiros y ves humo. El dolor del primer tiro, en la pierna, pasa rápido al notar los siguientes en el pecho. Mueres antes de llegar al suelo. Ha sido rápido y casi indoloro.

Observas la escena ajeno a todo. Has muerto. Has cumplido con tu gran papel. El público, de haberlo, habría aplaudido y se habría levantado de sus butacas. Pero esta función tenía un solo espectador: el viejo general, casi ciego por la edad. Has representado esta muerte para él. La muerte que sería la de un héroe. La muerte que esperaría de su gran enemigo. Pero, como los pobres reclutas que acaban de disparar y tú sabéis, no eras ese enemigo. No eras esa amenaza. No eras más que un actor de provincias, poco conocido, pero demasiado parecido a ese cabecilla que está escondido. Y el viejo general, en su obsesión, te creía él a pies juntillas. Y ningún recluta, temeroso por su propia vida, se prestó a corregirle en su error. Aún tiemblan por el miedo a que confesases. Pobrecillos, son unos críos. Y tú, actorcillo de provincias, puedes retirarte al fin con la frente bien alta al camerino. La función de la guerra debe continuar. Pero tu ya has cumplido tu papel en el escenario.

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