Aunque no me leas, yo lo escribo.
No es por ti, es para mi.
Aunque no me oigas, yo lo digo.
Es por mi, no para ti.

Es un ejercicio de egoísmo; el camino del sentimiento, eso mismo. Toma un rumbo y se va por otro. Se instala aquí o allí. A veces – demasiadas – en el corazón y otras – muchas, tal vez – dentro de este cabezón. Se asienta tranquilo, no tiene prisa. Pero trabaja sin parar. Si tengo la mala suerte de que se instale abajo, mide cada latido. Estimula a veces, relaja en otras. Como está cerca del pulmón, me corta la respiración. Y todo eso antes de empezar a emitir ondas – o tal vez enzimas – por las venas, arterias y capilares. Si por desgracia se acomoda arriba, observa las ondas. Provoca dolor de vez en cuando y hace que rechinen los dientes y se vuelva las pupilas. Está cerca de mi cara y hace que esta parezca de adolescente o de moribundo. Y luego, por fin, carga de impulsos sin sentido todas las neuronas.

¿De qué hablo? No lo se. De ciencia, tal vez. O de arte, yo que se. ¿A dónde quiero llegar? Ya lo ves. Es divertido no saber. Es horrible no padecer. Todo fue mal y luego todo volvió a estar bien. Hacía tiempo – años – que no estaba y contigo volvió. Eso fue fastidio, pero se dejó llevar. Luego, de repente – pero con causas aparentes – todo fue mal. En ese momento no se si vivía arriba o abajo, pero se mudó a la otra planta. Y dolió. Vaya si dolió. Aún quedan cicatrices, de esas que dicen que nunca se cierran. Pero aunque nunca se cierran, el tiempo – fiel amigo – te enseña. Descubres que basta con no mirar para no pensar. Bueno, para no pensar tanto. La cosa se estabiliza y el inquilino se entretiene en otros asuntos. Alguna noche monta fiesta, pero no molesta. Digamos que todo vuelve a ir bien – aunque todo vaya mal -.

Parece un final. Tendría que ser un final. Pero no lo es. Toda historia tiene un continuará. Todo bucle vuelve a empezar. Toda tormenta su calma. Y todo sentimiento, su lugar. Y aquí estamos de nuevo. Tu, el inquilino y yo. Sólo que el del medio, el que sobra en la ecuación, la tercera pata del banco. Ese estorbo, vamos, ha mutado. Ya no es ese travieso gato que despierta curiosidad. Ahora juega a pinchar. Y vaya sin pincha el muy cabrón.

Dicen que hay un paso. Uno que no estaba dispuesto a dar. Ahora, de su mano, me estoy dejando llevar. No quiero. Pero puedo. Y aún sintiéndolo desde ya. Al final lo hago. No me culpes, no te culpo.

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