Me gustaba mirarte a escondidas. No te dabas cuenta, pero siempre estaba allí. Al principio me disfrazaba para que no me reconocieses. No eran disfraces muy elaborados, pero cumplían bien su cometido. Una gorra. Unas gafas de sol. Unas gafas de ver. Tal vez un mono de pintor. Cada día ideaba un nuevo disfraz para ti, para que no te dieses cuenta de que el hombre que te cruzabas todos los días junto a la plaza era el mismo.

Con el tiempo me di cuenta de que el disfraz era innecesario. Paseabas tan distraída que apenas te fijabas en los que te rodeaban. Para ti eran más importantes los colores de la luz en los rincones de la ciudad, o el olor de los diferentes cafés al pasar por sus puertas. Algún día te parabas, durante minutos, a observar algún pajarillo en el parque grande.

Durante casi tres años te observé todos los días. Llegué a aprenderme tus rutinas de memoria. En primavera te gustaba pasear sin rumbo, siempre por las grandes avenidas y los parques llenos de flores. En otoño jugabas con los charcos. Y en invierno, envuelta en tus chaquetas marrones, con tu bufanda, tu gorro y tus mejillas sonrojadas, jugabas a ser un dragón que lanza vapor por sus narices.

Pero todo cambió un día. No recuerdo bien cuando fue; posiblemente fuese en primavera, porque recuerdo que llevabas un vestido de gasa amarillo. Yo te esperaba, como muchos días, tomando un café amargo sin azúcar ni leche en una terraza. A lo lejos te vi cruzar la esquina, algo más pronto de lo normal. Algo más sonriente de lo normal. Algo más acompañada de lo normal. Ibas de la mano de un chico. Era más o menos de tu misma edad; tal vez algo mayor. Te contaba algo casi al oído y tu reías con cada frase. Nunca te había visto tan feliz. Os seguí hasta el parque y allí me di la vuelta. No sabría decir si fue por dejaros intimidad o por alguna especie de celo que se agitaba en mi corazón.

El tiempo pasó y tu relación con Lluis (aprendí su nombre un día que discutíais medio en broma medio en serio por la avenida de los cerezos) avanzaba. Cada vez os veíais más y sonreíais menos. Yo cada vez me acercaba menos a verte. No quería saber qué era lo que sentía y esa era la mejor forma de evitar pensar en ello. Pero no había semana que no te esperase dos o tres veces en la esquina.

De repente un día dejaste de pasar. Y otro. Y otro más. Así hasta hacer dos semanas. Los primeros días no le di importancia pero, cuando a los 15 días exactos me crucé con un lluis muy diferente por la calle no pude evitar asustarme. Iba sin afeitar, con la ropa evidentemente sucia y la mirada extraviada. Las ojeras delataban que no había dormido mucho. Y el gesto nervioso con que miraba a ambos lados de la calle delataba su temor.

Le seguí hasta su casa y esperé junto a la puerta. Tardó poco en bajar. Llevaba un bulto grande, como una alfombra, envuelto en una funda de plástico. Lo echó en el maletero del coche y se fue sin que pudiese seguirlo.

Pasaron los días y los meses y nunca más te vi. Me crucé con el varias veces. Poco a poco recuperó la apariencia de chico serio y sin ojeras. Hace unos meses que sale con otra chica. Pasan  todos los días cerca del café donde me siento. Ella llevaba ayer un traje como el tuyo, amarillo y fino. Hoy no han pasado por aquí.

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