– No es esto por lo que quiero que me recuerden – murmuró mientras encendía el cigarro – pero de alguna forma hay que ganarse la vida.

El estallido de luz duró unos segundos. Luego sólo vino la oscuridad. Otra vez la oscuridad. El pobre Matías pensó que el brillo del mechero al encender la llama era el del disparo mortal que habría de acabar con su vida. Pero no. Era sólo un golpe de efecto del Carnicero, que ahora fumaba y jugaba  a hacer formas con el rojo del cigarro.

– No creas que es algo personal. Sólo es trabajo. Bueno, he de confesar que esta vez sí tiene un poco de personal. Nunca aguanté tu manía que quedarte callado siempre.  Pero no es por eso por lo que te elegido. ¿Quieres saber por qué?

– …

– Prefieres seguir callado – rió el Carnicero – te lo contaré de todas formas. Es por economía. Simple y llana economía. Los vecinos que tienen un trabajo pueden pagar por la carne; los que no, no pueden. Es sencillo. Realmente es hasta rentable para ellos; es como una oferta. Compran carne para vivir y al mismo tiempo compran un poco más de vida.

Al Carnicero le gustaba filosofar mientras trabajaba, y alardear de lo que había aprendido en su corta estancia en la universidad. Se creía más listo que cualquiera de los vecinos del edificio, y disfrutaba demostrándoselo a los pobres diablos que se quedaban sin dinero para seguir pagando.

– La verdad, estás un poco flaco de más ¿Hace mucho que no comes?

– …

– Ya, claro, que se puede esperar de un músico en estos tiempos. Con la guerra y tantas miserias nadie tiene tiempo de escuchar cancioncitas alegres. Es más importante sobrevivir. Es lo único que importa. Y para eso hacen falta oficios de verdad, como el de cartero, o el de carpintero, o incluso como el de carnicero. Pero ¿músico? ¡Venga ya!

– … – Matías quería responder, defender la necesidad de la música, sobretodo en tiempos como estos. Quería callar al animal que tenía enfrente y decirle que se pudriese en el infierno. Él y todos los carniceros. O al menos todos los que, hace ya tantos años, cambiaron los cerdos y las vacas por personas. Quería decirle que en otro tiempo, cuando aún había gobierno, sería el el que estaría atado esperando a que acabasen con el. Pero no podía decir nada. Tenía la garganta completamente bloqueada.

– ¿sabes qué? Creo que contigo no hará falta usar la escopeta. Sería desperdiciar un cartucho. Y cada vez es más difícil conseguirlos. Maldita guerra, desde que empezó escasea todo. El ejercito, esté donde esté, necesita hasta la chatarra más inútil. Como cuando vinieron a llevarse los pararrayos del tejado. ¿para qué narices necesitan los militares un pararrayos? Supongo que para fundir el hierro para fabricar más armas, o más tanques, o Dios sabe qué. ¿tu qué crees?

– … – Ahora sí que podría hacerle quedar como un idiota. Sólo bastaría decirle que esos no eran del ejercito, que eran unos desarrapados, seguramente desertores, que buscaban chatarra para venderla dios sabe donde. Y que además de los pararrayos se llevaron gran parte de las tuberías del edificio. Pero ¿para qué malgastar sus últimas palabras en discutir con un animal?

– Ya, claro, es mejor no contestar. Total, un tonto de remate como tu que va a saber de la guerra. Pero bueno, lo que te decía. Creo que contigo me ahorraré la escopeta. La uso para evitar que chillen, ¿sabes? Es muy molesto para el vecindario tener que aguantar los gritos por la noche. Yo, sobretodo, soy respetuoso con mis vecinos. A fin de cuenta, son ellos los que me permiten vivir así de bien cuando vienen a comprar la carne. Porque ellos vienen a comprar, no como tu, parásito. A saber de qué te alimentabas. Seguro que robabas a escondidas las sobras de los demás.

– … –

– Contigo utilizaré el cuchillo directamente. Tranquilo, no te dolerá. Al menos no demasiado. Un golpe rápido y fuerte, justo aquí – mientras decía esto se había levantado y acercado a Matías. Ahora justo le estaba tocando el cogote con el dedo grasiento. Aquí. Un golpe. Y se acabó. Apenas te enterarás. Y luego unos cortes aquí y aquí, para que la sangre salga rápido. Y después a deshuesar y filetear. El trabajo de toda la vida, vaya. No te creas que eres especial o algo así. Contigo será como con los demás. Rápido, aséptico y preciso.  Deberíamos empezar ya. Espérame un segundo, que voy a por el cuchillo de matar cerdos.

 

Seguramente no pasaron ni dos minutos, pero para Matías fue una eternidad. Escuchó como el carnicero rebuscaba en los cajones de la habitación de al lado hasta dar con el cuchillo, como lo afilaba tranquilamente. Le olló maldecir al cortarse y, por fin abrió la puerta. No la cerró del todo, así que entraba un pequeño hilo de luz anaranjada por la rendija. Lo suficiente como para distinguir la silueta del Carnicero y ver como levantaba el brazo. Y se acabó. Rápido, aséptico y preciso. Al menos, el cuarto golpe, que fue el que acertó a partir el cráneo de Matías. Los otros tres mejor no saber en que partes de su cuerpo fueron a caer ni la sangría que ocasionaron.

 

Matías habló poco en vida, pero gritó mucho al morir. Tanto que despertó a todo el edificio. Sus últimas palabras, que tanto esperó a decir y tanto pensó, acabaron siendo “Hijo de puta, mátame de una vez”. El carnicero desubrio que, aunque veía bastante bien a oscuras, necesitaba gafas para trabajar. Y al día siguiente hubo de nuevo solomillo para comer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *