Sentir, de repente y sin aviso, una necesidad de expresar, de contar, de gritar. En el pecho, oprimiendo con fuerza, una estructura expresiva. Saber que lo necesitas y que, además, lo quieres. Y sin embargo no poder hacerlo. No saber qué decir ni cómo decirlo.

Pasa un día, dos, tres, doscientos veintipico días. Notar como madura y evoluciona. A veces es más intenso; otras un simple susurro en ese punto ciego que empieza justo donde termina tu campo de visión. Hay días, incluso, en los que parece no estar y casi lo olvidas. Va y viene, con tanta frecuencia, que ya has asumido que, por mucho que quiera salir, es imposible.

Entonces llegan los cambios. Uno detrás de otro. Rompes con más cosas de las que dices. Las cadenas de la rutina, el sopor del conformismo y la seguridad de la asunción son tres de ellas. Y por fin, es en ese momento, cuando lo comprendes. No es que no supieses cómo expresarlo. Es que, en realidad, no te importaba dejarlo encerrado dentro. Era una molestia que, sinceramente, te gustaba (igual que cuando tienes una llaga en la boca y no paras de tocarla, a pesar del dolor).  Era mucho más cómodo autocompadecerte y decirte que no había forma de sacar una palabra que ponerte de nuevo, junto al vaso de cristal y la pantalla del ordenador.

Llega la noche doscientos treinta, más o menos (nunca he sabido fijar las fechas y siempre hago cálculos por encima), y por fin ha vuelto la inspiración. Puedo decir que ha vuelto, pero debo confesar que nunca se fue. Lo que no estaba era la vitalidad, la energía, la rabia. Sólo quedaba el conformismo y la pereza. Y siguen estando, pero algo se ha agitado. Y ha vuelto. Débil, marchita, desentrenada y algo más gris de lo normal. Pero vuelve a estar. Y ya no duele en el pecho. Ahora se mueve de nuevo por la mano, por el ojo; recuerda lentamente, como el violinista amnésico al que ponen las manos sobre las cuerdas, los viejos trucos del comodín.

Nunca se fue, y sin embargo ha vuelto. Y todo gracias a una pregunta inocente. O tal vez no tan inocente.

Habrá que tratar de recordar más a menudo.

 

P.D: Hola. Otra vez.

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